Un verano da para realizar muchas cosas. Además de bañarnos en la playa o subir a las montañas, podemos empaparnos de historia y cultura en un país magnífico. Portugal nos eleva el alma porque reúne naturaleza, mar y monumentos especiales.

Concretamente, recomendamos escaparnos este julio, agosto y septiembre a Lisboa, la capital, una ciudad fuera de serie donde ver experimentar nuevas sensaciones.

Gastromomía. Una de las razonas para elegir Lisboa es su cocina variada. En cualquiera de sus bares y restaurantes, tanto del centro como del barrio de Belém, ofrece rica cocina marinera a precios muy bajos. El bacalao, realizado de distintas formas, es exquisito. Lo cocinan en salsa, con cebolla, con olivas, con especias… las sardinas, el pescado diverso, la carne tierna, los dulces, o el vino verde son otras de las exquisiteces que podremos probar.

Castillo de Lisboa. Situado en lo alto de una montaña, el castillo puede divisarse desde distintos puntos de la ciudad, especialmente desde los barrios del centro (Alta y Baixa). Encontraremos diversas torres y fortificaciones a las que subir y ver impresionantes vistas. Desde este lugar, Lisboa descansa a lo lejos y nos hace partícipes de su historia.

El Fado. Otra de las razones para dejarnos conquistas por la ciudad es su cultura. El Fado es sin duda una de sus más grandes representaciones. Un canto que sabe a lloro y que cuenta historias de amor algo tristes, pero que nos pone la piel de gallina. Hay muchos rincones donde escuchar fado, pero una gran parte casi siempre están llenos o son demasiado caros. Recomendamos ir al barrio de Alta, donde en algunos restaurantes ofrecen espectáculo gratuito y sólo pagarás la cena a un precio razonable.

Exposición Universal de 1998. El barrio donde se realizó la exposición es, hoy en día, una zona moderna y llena de lugares comerciales. Está tocando al mar, con lo que podemos observar el largo puente, los barcos, y los pabellones que un día sirvieron para este importante evento. Aquí podemos coger el teleférico y desplazarnos mientras vemos la ciudad desde lo alto.

-Los dulces de Belém. El barrio de Belém es toda una joya. Además de albergar edificios destacados y Patrimonio de la Humanidad, nos quedamos con sus pastelitos, realizados con yema quemada.